Si se trataba de una
búsqueda, creía haber encontrado. Si era una carrera, estaba en la meta sin
haber transpirado nada. Era como calmar la sed, viendo la botella aún sin
descorchar sobre la mesa.
Él era un perfecto y
corpóreo ideal, un ser transplantado desde su imaginación hasta la silla roja
de un bar. La ciudad temblaba y ella ni lo sabía, caminaba a su encuentro entre
la gente que desde las veredas miraba al cielo con histeria.
Estuvieron los
malentendidos, él agendó mal su número, ella se decepcionó, él la llamó, la
esperó, ella se equivocó de bar. Todo lo que pasaría en una película podía
pasar en la realidad y eso era lo que ella más parecía disfrutar.
Él era genial, aunque fumara
sin parar. Ella tuvo que fumar, uno sólo para poderlo besar. De las cervezas,
fueron a cenar y el rock era cada vez más lindo y más suave, había una tabla
para dos, unas velitas, sonaba Calamaro, Cerati, había un sótano para bailar.
Él se reía y ella preguntaba de qué. Él dijo no saber, dijo que creía que de
alegría. Fue mucho, con eso ella quedo rendida.
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